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La teoría sobre las formaciones nacionales y sus límites
para la interpretación de la historia latinoamericana
LOMBANA RODRÍGUEZ, Raúl
Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas - Cuba
raullr@uclv.edu.cu
Introducción
El estado-nación constituye uno de los conceptos más aludidos en el
discurso académico contemporáneo, ya sea desde las diversas disciplinas
que comprenden el área de las ciencias sociales o a partir de interpretacio-
nes asociadas (no siempre con justicia) a los llamados enfoques transdisci-
plinarios. Si bien se trata de la forma más acabada de estructuración políti-
ca que sigue conociendo la sociedad desde 1789 hasta hoy, con frecuencia
se maneja como una entidad en decadencia (y acaso en franco proceso de
destrucción), muchas veces eludiendo las complejidades con que reaccio-
nan las instituciones burguesas para sobrevivir en medio de la crisis gene-
ral del sistema capitalista más allá de los avatares modernos.
En los marcos de dicha crítica, casi siempre se olvida que, aún en el
caso de los proyectos integracionistas o supranacionales que han tenido
lugar en los siglos XIX, XX y XXI, no ha podido olvidarse la existencia
anterior del estado nacional como núcleo de soberanías históricamente de-
limitadas, debiendo admitirse sus presupuestos naturales desde el punto de
vista territorial, económico, político, jurídico, administrativo y sociocultu-
ral; tal y como se admiten sus categorías relacionadas, las cuales se ajustan
al esquema (en principio) democrático del proyecto burgués que
Perspectivas. Revista de historia,
geografía, arte y cultura.
Año 1 N° 1/ Enero-Abril 2013, pp. 151-166
Universidad Nacional Experimental Rafael
María Baralt
ISSN: 2343-6271
Recibido: Mayo 2012 Aceptado Mayo de 2012
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hasta la fecha se ha implementado en la mayor parte del planeta como espe-
cie de programa universal.
1
Esto explica, en parte, la marcada tendencia a hablar más de la supuesta
crisis del estado-nación que de las alternativas concretas para sustituirlo u
optimizarlo,
2
pues bajo ninguna experiencia (ni capitalista ni socialista) se
han superado los términos conceptuales y funcionales impuestos por la mo-
dernidad hace más de doscientos años, los cuales continúan predominando
en la forma de concebir políticamente el desarrollo del “plebiscito diario”
que –a decir de Ernest Renán– constituye la construcción y desarrollo de la
nación.
3
Tanto las teorías que abordan las Historias Nacionales como aquellas
que tratan el entramado de las ideas y el pensamiento losóco y político,
a la hora de constituirse, reinterpretares y evolucionar hacia planos superio-
res, apelan, entonces, a categorizar e identicar indiscriminadamente aspec-
tos como identidad nacional, cultura nacional, nacionalidad y nacionalis-
mo, entre otros, bajo una percepción estricta de la “comunidad imaginada”
descrita por Benedict Anderson.
4
Esto ha sucedido con la mayoría de los
tratados escritos en los países del hemisferio occidental.
En América Latina y el Caribe tales elementos resultan de suma impor-
tancia, pues se trata, precisamente, de la región donde más se especula en
1. Instancias como Comisión, Presidente, Parlamento, Congreso, Derechos Civiles, Repú-
blica, Partido, Ciudadanos, la propia Soberanía, entre otros tantos, son muestra el de esta
importación categorial como única alternativa de organización en los estados burgueses, e
incluso de los países socialistas, o en proyectos supranacionales tan disímiles como la Unión
Europea, el Alba y otros de diferentes tendencias y rasgos, toda vez que no existe una prácti-
ca política históricamente transcurrida que avale la ecacia de otra nomenclatura institucional
en la era moderna. Ver, al respecto, Raúl M. Lombana: Hacia una Nueva Teoría de las Forma-
ciones Nacionales; en: Cuba: Nación y Nacionalidad. Colección Crisol, Bayamo, 2011; p. 2.
2. Entiéndase como estado-nación (moderno) a aquella “comunidad imaginada que represen-
ta un conglomerado de individuos con tradiciones históricas en común, las cuales determinan
su noción de convergencia a partir de vínculos socioculturales concretos (étnicos, religiosos,
educativos, literarios, técnicos, artísticos, costumbristas, etc.), asociada siempre a un marco
territorial especíco (habitado o no directamente), que halla su institucionalización político-
jurídica en el estado-nación típico de la modernidad”. Ob. Cit.; p. 13.
3. La construcción nacional, en este sentido, supone que “distintos sujetos sociales participan
en la imaginación y socialización de un mito: en este caso la nación”. Ver en: Pablo A. Riaño
San Marl: Pensando la Nación en el Interregno: Cuba, 1899-1902; en: María del P. Díaz
Castañón (Coord.): Perles de la Nación. Tomo 1, Ciencias Sociales, La Habana, 2005; p. 48.
4. Benedict Anderson: Comunidades Imaginadas. Cambridge University Pres, 1998; p. 22.
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torno a la crisis del estado nacional, siendo, en cambio, el espacio donde
dicha entidad ha podido desarrollarse menos, dependiendo siempre de la
importación del paradigma foráneo y desarrollándose a partir de fundacio-
nes anómalas e incompletas, que presentan nuevas disyuntivas a toda teoría
escrita desde otras áreas geográcas.
Sobre todo en este contexto, el tratamiento del tema no deja de ser no-
tablemente empírico en lo que a relación con la teoría a escala universal
se reere, pues, por encima de todo, no existe, hasta la fecha, una teoría
universalmente comprensible y operable sobre las formaciones nacionales.
Puede decirse que esta última se halla en construcción, para lo cual, durante
los últimos años, unos pocos autores han indagado en la llamada teoría clá-
sica del nacionalismo,
5
que sí existe (amén de sus notables lagunas y limita-
ciones), pretendiendo hallar su contraparte en los estudios marxistas, desde
los clásicos hasta las guras posteriores del siglo pasado, encontrándose
con notables escollos que impiden la pretendida teorización.
La Teoría “Clásica” del Nacionalismo y sus limitaciones
teóricas.
La teoría occidental sobre el nacionalismo –desarrollada por Ernest
Gellner y completada hasta cierto punto por Eric Hobsbawm y Benedict
Anderson, sobre todo– surgió de la coyuntura que imponía a la burguesía
explicar el origen, la naturaleza y los presupuestos de la nación surgida
a partir de 1789, diferenciándola de la nación canónica típica del ancient
regimen. En esencia, los postulados gellnerianos deenden que el naciona-
lismo antecede a la nación y nunca a la inversa, que existen ocho formas en
que el primero puede manifestarse (de las cuales sólo cuatro determinan la
implantación del estado nacional moderno), que la industrialización (mo-
dernización para Hobsbawm y otros) constituye el factor determinante en
5. Entiéndase al nacionalismo como el conjunto de sentimientos identitarios que, desde lo ver-
náculo hasta lo político, van desarrollando las comunidades imaginadas o pueblos-naciones
premodernos como base ideológica de un proyecto nacional cuya realización depende de la
industrialización moderna, contando con dos modulaciones conocidas: una de índole neta-
mente patriótica, en busca del Estado-Nación Moderno; y otra se índole soberana, defendien-
do su existencia y evolución; pudiendo conservar la segunda los principios de la primera, o
transitar hacia formas chovinistas, xenófobas e imperialistas, según el tipo de Nacionalismo
y nación de los que se trate. Raúl M. Lombana: Hacia una Nueva Teoría de las Formaciones
Nacionales; en: Cuba: Nación y Nacionalidad. Colección Crisol, Bayamo, 2011; p. 13.
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dicho proceso, y que la lucha por el poder político, la disposición étnica de
las fuerzas y su correspondencia con el acceso a diversos aspectos de la cul-
tura y la educación moderna conjugan diferentes combinaciones, las cuales
dan lugar a la citada tipología.
6
Aún en el caso de que esta teoría operara para explicar los más famosos
procesos formativos de la nación y (sobre todo) de sus nacionalismos, no
se explican todos sus entramados y complejidades más allá de los espacios
“privilegiados”. Esto ocurre, precisamente, porque la teoría clásica en cues-
tión es, primero que todo, eurocéntrica y occidentalista, erigida desde la
experiencia de las grandes “naciones históricas”, como Francia, Inglaterra
o Estados Unidos, pretendiendo que su modelo constituye un paradigma
universal bastante estricto (que no debe confundirse con el hecho de que,
efectivamente, tales casos desarrollaron institucionalizaciones convertidas,
durante mucho tiempo, en una especie de dogma programático para todas
las naciones que iniciaran una evolución asociada a la independencia bajo
los códigos de la modernidad).
7
En segundo lugar, dicha teoría es liberal y esencialmente burguesa. Pre-
tendiendo que el liberalismo constituía la posición de avanzada del capita-
lismo mundial y su desarrollo interno en los estados particulares, los ideó-
logos y teóricos del nacionalismo defendieron siempre la industrialización
a ultranza, protegiéndose de posturas conservadoras y centralizadoras que
implicaran trabas para la expansión vertiginosa de aquella en función del
centro de poder fundamental, y defendiendo, por supuesto, la libre concu-
rrencia que incluyera a todos los sectores de dicha clase y no solamente a
una élite oligárquica, con lo cual han dado, hasta hoy, un toque “emanci-
pador” y “progresista” a sus ideas, sin que ello signique para nada la ver-
dadera o completa inclusión del pueblo llano dentro del proyecto nacional,
quedándole a este último sólo un papel protagónico durante las revolucio-
6. Ernest Gellner dene al nacionalismo como un “principio político medular”, con una “rela-
ción imprescindible entre unidad nacional y política”. Además, lo entiende como “capaz de
concebir naciones donde no existieran, sin importar lo negativo de los marcos preexistentes
diferenciadores con los que laborara”. Ver, de este autor, Naciones y Nacionalismo, Grijalbo,
Barcelona, 1997; p. 22.
7. Ver, al respecto, Boris Santana: El Nacionalismo: Estudio Histórico-Crítico desde las Pro-
blemáticas Globales de la Integración Latinoamericana. Tesis Doctoral, Facultad de Ciencias
Sociales, Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, Santa Clara, 2008; pp. 22-26.
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nes; las cuales, por demás, deben limitarse a transformar los estatus arcaicos
para luego conformarse con una inclusión parcial (demagógicamente plan-
teada a partir de las concepciones sobre el sufragio y otros elementos) en la
construcción nacional), sin obtener un benecio considerable.
De este modo, y como tercera limitación, la teoría del nacionalismo
responde únicamente al patrón del estado nacional burgués, incluyendo en
su estructura poderes y derechos dosicados para las diferentes clases que
comprenden el corpus nacional. La sociedad ahora cuenta, supuestamente,
con la posibilidad de elegir a sus gobernantes, así como con ciertos lemas
proclamados por las revoluciones iniciales, adoptadas por sus herederas,
siempre en función de marcar la diferencia con respecto a las condiciones
de exclusión a las que eran sometidas durante el antiguo régimen.
Sin embargo, la historia debe terminar, desarrollarse por otros caminos
y nunca trascender de esta etapa. Dicho de otro modo, para la burguesía,
nunca la transformación debe proseguir hasta el nal, siendo el socialismo
(en su acepción precisa como ideología de masas) una palabra diabólica por
excelencia. Como ideología, éste debe ser, en principio, enfrentado por el
discurso liberal o conservador; y luego, cuando fuera posible, tergiversado
bajo los conocidos ideales de la socialdemocracia, igualmente burguesa y
alienadora.
En correspondencia con lo anterior, la cuarta limitación es la relacionada
con el alejamiento, la desviación o la manipulación conveniente de todo lo
relacionado con la lucha de clases. Bajo matices de conictividad étnica,
religiosa y cultural en cualquier sentido, se destierra el papel de las cla-
ses sociales en el proceso de construcción nacional, concibiéndose incluso
al nacionalismo como la variante para comprometer a hombres y mujeres
del mismo origen clasista en causas nacionales antes que en proyectos de
revolución proletaria común. No en vano, el llamado marxista de unidad
tuvo la desventura de perder el pulso, durante los siglos XIX y el XX (sal-
vo conocidas excepciones), ante las tramas y manejos que llevaron a dos
guerras mundiales y otro sinnúmero de confrontaciones donde los pueblos
no supieron reconocerse en medio del llamado burgués a la defensa de una
soberanía que no disfrutaban plenamente.
Por supuesto, tantos descuidos tienen que conducir a lagunas teóricas
inevitables, hallándose la quinta limitación determinada por carencias pro-
piamente técnicas en el discurso académico liberal sobre el nacionalismo
y la nación. Prueba de esto es el hecho de ni siquiera los especialistas más
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reconocidos de la propia escuela occidental que sucedieron a Gellner se
han puesto totalmente de acuerdo en torno a los límites de sus ideas, ni han
podido tratar el tema de forma sucientemente sistémica, ni han aportado
ideas enriquecedoras más allá de algunas partes del problema mayor (Ta-
ylor, Kedourie, Hroch, O´Leearly, Hasting, Perry Anderson, entre otros).
8
Una problemática considerable, vista desde la limitación anterior, está
dada en el hecho de que el marxismo clásico, a pesar de converger tem-
poralmente con el fenómeno y la teoría del nacionalismo en sí, no ofreció
una teoría alternativa que contribuyera a explicar los procesos de formación
nacional en casos concretos, y especícamente en aquellos asociados a los
pueblos subdesarrollados. Es aquí donde se halla la sexta limitación de la
teoría clásica occidental sobre el nacionalismo, pues el marxismo clásico no
se despreocupó, ni desatendió, ni menospreció jamás la cuestión nacional;
pero, en su esfuerzo sistemático por priorizar y explicar el problema de la
lucha de clases como elemento rector de la evolución histórica de la Huma-
nidad y fundamento de sus posibilidades futuras, Marx y Engels trataron
el tema nacional dentro de un planteamiento teórico y práctico justicada-
mente mayor,
9
conscientes además de que el nacionalismo podía desviar a
la clase obrera y el campesinado pobre hacia confrontaciones entre estados
donde, bajo banderas y culturas diferentes, miembros de una misma clase
podían autodestruirse, a instancias de causas políticas proclamadas desde el
enfoque de las burguesías dominantes.
De este modo, el asunto se suscribió casi a la polémica sobre la auto-
determinación nacional, bien acusado y discutido, luego, por Lenin, y que
contó además con importantes incursiones de Rosa Luxemburgo, el mismo
Stalin y otras guras de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, aún
después de la Segunda Guerra Mundial, el marxismo siguió la misma lógi-
ca, lo cual generó un problema a partir de 1989, cuando la caída del sistema
8. Sobre la crítica al pensamiento y la teoría de Gellner en los propios marcos de la escuela
occidental, puede consultarse en su totalidad la obra de John Hall (Edit.) titulada Ernest Ge-
llner y la Teoría del Nacionalismo, publicada por Cambridge University Press en 1998, con
varias traducciones al castellano y más de cinco ediciones, entre las cuales destaca la de
Grijalbo, Barcelona, en 1997.
9. “Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Más, por cuanto
el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de
clase nacional, constituirse en Nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el
sentido burgués”. Carlos Marx; en: Ob. Cit.; p. 44.
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socialista mundial comenzó a requerir de estudios sobre aspectos del capi-
talismo que no era tan conocidos, como es el caso de la nación; sobre todo
porque caía el sistema, pero no esta última, y en algunos casos (como en el
de Cuba) incluso ninguna de las dos cosas.
Aún hoy, los teóricos de izquierda se enfrascan más en criticar el estado
nacional burgués que en superar su teoría, en buena medida por falta de
paradigmas luego del derrumbe. Téngase en cuenta, que, como etapa de
tránsito, la teoría y la práctica del socialismo asumen aspectos del sistema
anterior, y deben trascender los códigos y la estructura del estado nacional
burgués, pero en forma de proceso y no radicalmente (de la misma manera
que no puede sustituir de inmediato el salario o el propio capital en toda su
extensión).
De los aspectos anteriores cabe dilucidar una séptima limitación, pu-
ramente teórica, y que responde concretamente el descuido de todos los
elementos que se incluyen dentro del tránsito que va desde el nacionalis-
mo inicial hasta la nación moderna, implicando circunstancias históricas
particulares propias de cada proyecto nacional, las cuales no cuentan con
un aparato conceptual acorde a sus necesidades de estudio. Una de ellas es
la categoría problema nacional, referido al estado o situación problémica
transitiva en que se halla el proceso de formación nacional de un país o
territorio dentro de un contexto témporo-espacial determinado, bajo los
efectos de factores externos o internos que demoren, obstaculicen o trau-
maticen la institucionalización de la legítima soberanía nacional procla-
mada como proyecto común del pueblo-nación, contando con sus corres-
pondientes antecedentes de nacionalidad y nacionalismo (en su primera
modulación histórica) que gestan la irreversibilidad del proyecto bajo sus
principios particulares y auténticamente nacionales.
Lo más llamativo de esta categoría estriba en que su esencia se halla
presente desde los mismos inicios del proceso a través del cual se origina
y desarrolla la nación moderna, siendo la que dene sus particularidades
especícas y resultados diferenciados. En esencia, se evidencia justo desde
que la Revolución Francesa descabeza al absolutismo y determina un cami-
no para el futuro de las naciones modernas, el cual establece las bases de la
nueva sociedad capitalista, pujante en la vida cotidiana y respaldada en es-
tructuras políticas propias. Éstas, por supuesto, aún aparecen viciadas por la
estela aristocrática, pero con suciente dotación práctica del nuevo sistema
como para garantizar su sedimentación e irreversibilidad.
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En lo adelante, la idea de progreso se perpetuaría en el discurso cotidia-
no de la burguesía liberal (sobre todo), y, por tanto, se asociaría a la bús-
queda y defensa del nuevo estado nacional moderno como estructura que
protegiera su legitimidad, soberanía y funcionamiento en un espacio territo-
rial que ya estaba demarcado históricamente por convergencias geográcas,
étnicas, lingüísticas, religiosas e idiosincrásicas. Con tales presupuestos y
ofertas garantes, el nuevo discurso sería esgrimido, a lo largo de los siglos
XIX, XX y XXI, por la mayor parte de los movimientos sociales que no se
erigieran contra las formas de propiedad capitalista, pues sólo la intención
de derrocar al sistema como prioridad máxima podría hallar un estorbo en
su forma de organización sociopolítica.
Incluso en aquellos casos donde logró establecerse el socialismo como
sistema durante el siglo XX, se asumieron los presupuestos territoriales del
otrora estado nacional burgués o feudal, lo cual acusa su legitimidad histó-
rica aún antes de la modernidad. Estas demarcaciones estuvieron siempre
predeterminadas en los proyectos socialistas, y, en los casos donde éstos se
implantaron como sistema, bien se asumieron, defendieron u reivindicaron
las fronteras históricas, bien las establecidas en tratados de posguerra por la
burguesía. Si en algún caso existían conictos interétnicos dentro del marco
territorial heredado, estos se mantuvieron bajo el nuevo sistema, participan-
do protagónicamente en la caída del sistema allí donde tuvo lugar (el caso
típico lo representan las ex repúblicas socialistas de Europa Oriental, con
énfasis en la antigua Yugoslavia, y también la propia URSS).
Esto quiere decir que, si bien es la industrialización o modernización
capitalista (típicamente defendida por la teoría tradicional) el fenómeno que
determina la aparición del estado-nación moderno, no es ella en sí misma la
que sustenta, perpetua o dene su existencia, sino otro espíritu comunitario
de carácter inclusivo, determinado históricamente con anterioridad al pro-
pio capitalismo. De este modo, los estados nacionales premodernos, de tipo
canónico y asociados al antiguo régimen, efectivamente no son los que dan
lugar a la nación moderna (esto lo hace el capitalismo), pero sí determinan
la pertenencia de sus actores sociales; o lo que es lo mismo, la nación mo-
derna, ni existe sin su antecedente premoderno (real o imaginado), ni tiene
suciente garantía de vida sin sus presupuestos inscritos en la memoria his-
tórica de los pueblos.
En América Latina, por ejemplo, hubo estados nacionales formados al
calor de genuinas gestas liberadoras exitosas, donde la revolución social y la
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lucha anticolonial se fundieron en un proyecto único, dirigido luego bajo el
patrón francés y norteamericano de la modernidad, con toda su “institucio-
nalidad” burguesa, pero en la transformación operada también quedó ins-
crita buena parte de la mentalidad canónica. La perpetuación de la colonia
en las nuevas repúblicas luchó, en lo adelante, con las nuevas problemáticas
del añorado sistema moderno, incluyendo la salvaguarda de la soberanía.
Así, México podía ser robado, Panamá invadido, Cuba intervenida, Puerto
Rico asociado, Venezuela bloqueada; pero nunca anexados ni colonizados
por la vía tradicional, porque ello implicaba violar soberanías teóricamente
establecidas por el propio discurso norteamericano de la independencia y,
por tanto, negar los propios valores fundacionales de los Estados Unidos.
A la sazón, se establecen aquí los presupuestos de la nación moderna
bajo élites que pretenden sustituir a las antiguas metrópolis en su papel do-
minante, sin comprender aún que la industrialización y la soberanía deben ir
en la misma dirección, compensándose mutuamente; y esto no va a ocurrir,
en buena parte, por la demagogia de los grupos de poder y la política nor-
teamericana, pero también en medida nada desdeñable por la incapacidad
del pueblo llano de superar su complejo de origen colonial. Esto, más que
ser una particularidad de América Latina, constituye un ejemplo claro de
hasta dónde el antecedente canónico puede incidir en el futuro de un pro-
grama nacional ante la sedimentación del antiguo régimen.
Evidentemente, el descuido del papel que juegan las conguraciones
sociales premodernas en el sostenimiento y desarrollo del estado nacional
una vez surgido, impide explicar sus particularidades allí donde ha evolu-
cionado con relativa grandeza, y solucionar sus problemáticas básicas en
aquellos espacios donde padece de un carácter limitado. Igualmente, hace
difícil identicar hasta qué punto han intervenido los patrones externos en
la construcción e interpretación de los diversos proyectos nacionales, to-
mando en cuenta que las burguesías locales deenden más sus intereses de
clases que la soberanía nacional, y que los pueblos no siempre han hallado
el camino correcto para superar, no ya el estado crítico del estado-nación,
sino el formato capitalista bajo el cual aquel se ha constituido.
Tal obstáculo conforma una parte no tan explicada de la teoría tradicio-
nal, impidiendo ofrecer fundamentos a la manida teoría sobre la crisis del
estado-nación, toda vez que deja fuera las relaciones entre el tema nacional
y la complejidad de los conictos inter e intrarregionales dados en los dife-
rentes espacios económicos, políticos y socioculturales, tomando en cuenta
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que, en los casos de colonias emancipadas, se han heredado las fronteras y
divisiones del régimen anterior. Igualmente, los citados descuidos impiden
trazar pautas esenciales para el análisis del proceso formativo nacional en
cada momento histórico, quedando como asignatura pendiente el estudio de
la cuestión nacional durante sus interregnos constitutivos.
De forma similar, el enfoque occidental tradicional, olvidando en buena
parte la inuencia de las naciones canónicas anteriores al fenómeno de la
industrialización en las grandes potencias, resta espacio para enfrentar la
amplia estela que su existencia premoderna genera en los países tradicional-
mente colonizados, cuya lucha contra la ocupación foránea marca la etapa
fundacional de su existencia nacional ya en la modernidad. Como resultado,
otro aspecto que limita enormemente la teoría existente está dado en la ca-
rencia de análisis sobre la evolución global del fenómeno nacionalista una
vez consolidado, lo cual determina impactos de diferente nivel, sobre todo
allí donde aparece el estigma de una formación nacional altamente limitada.
Hacia una nueva Teoría de las Formaciones Nacionales
en América Latina.
Como puede observarse, las problemáticas adjudicadas a la teoría tradi-
cional del nacionalismo son cuestiones a resolver para pretender constituir,
desde un enfoque dialéctico y operativo, una teoría viable de las formacio-
nes nacionales en América Latina. Ésta, de una parte, no ha de erigirse sobre
la base de una ruptura con los postulados clásicos que pueden ofrecerle
un sustento para comprender la dinámica de los procesos formativos en la
región, pero tampoco ha de esperar por la solución de aquellas lagunas que
dicultan la comprensión del suceso constitutivo en los grandes estados eu-
ropeos, en los Estados Unidos o en otros marcos nacionales “privilegiados”.
Precisamente por pretender un carácter factible, la teoría que explique
la formación nacional en los estados latinoamericanos y caribeños debe
trascender a una universalidad que permita generar presupuestos esencia-
les aplicables a diferentes contextos, para lo cual, obviamente, requiere de
una metodología abierta a los estudios de caso, abordando los diferentes
matices y factores que dicultan, aletargan, realizan o sostienen el estado
nacional en sus diferentes expresiones, tiempos y espacios.
Sólo por medio de un enfoque que supere la atomización típica de los
factores de poder, étnicos, educativos y aquellos asociados a una industria-
lización (en medida alguna transcurrida bajo una sola fórmula), puede arri-
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barse a una construcción teórica ecaz, la cual debe priorizar, en primer tér-
mino, la inclusión del análisis socioclasista y sus contradicciones particula-
res en el proceso de construcción nacional, lo cual puede catalogarse como
el punto más débil de toda teoría burguesa (pues la explicación funcional
de los procesos históricos desde la toma en cuenta de diversos intereses
de clase siempre contrapuestos cuestiona su esencia misma). Consecuente-
mente, el compromiso social de la emancipación latinoamericana converge
de modo exacto con las limitaciones de un estado-nación concebido desde
y para una clase privilegiada.
Igualmente, es preciso que los nuevos estudios tomen en cuenta la ne-
cesidad de un análisis multidireccional (a escala nacional y regional) sobre
los postulados y formas en que ocurren los procesos de formación nacional
y sus sentimientos asociados a cada momento histórico de los diferentes
contextos latinoamericanos. Sólo así puede hallarse el punto de encuentro
entre el pensamiento tradicional y la realidad que ha sido transmitida gene-
racionalmente por medio de la memoria en cada pueblo especíco.
Otro elemento importante lo constituye el reto de superar el esquema
gellneriano, que, si bien ha contado con críticas oportunas, no goza de una
remodelación factible. Para ello, urge priorizar el proceso constitutivo de
la nación en sus momentos transitorios (asociados conceptualmente a la
cuestión o el problema nacional tanto más que al estado-nación mismo).
Ello permitiría concentrarse en los elementos que obstaculizan el desarrollo
a la vez que en aquellos que lo potencian (lo cual, por momentos, parece ser
la única motivación a la hora de tratar el tema dentro del espacio europeo).
A su vez, la superación del esquema clásico debe suponer la incorpora-
ción de otros indicadores que aumentan las posibilidades analíticas de los
factores que intervienen en la construcción nacional y su proceso formativo.
La toma en cuenta de dichos aspectos, notablemente descuidados hasta el
momento, permiten abrir el espectro acerca de componentes vitales para
América Latina, los cuales incluyen los asumidos por Gellner, pero también
otros (geográcos, económicos, políticos, jurídicos, administrativos, étni-
cos, sociales, religiosos, educativos y de la cultura en general) que quedan
fuera de su espectro.
En el plano ideológico, se hace imprescindible priorizar la lucha de cla-
ses como base explicativa esencial de los procesos que dan lugar a la apa-
rición nacional antes y (sobre todo) después del advenimiento del estado
nacional latinoamericano a partir del n de las gestas independentistas, tras-
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cendiendo de la cuestión sobre las autodeterminaciones a planos donde se
entienda a la nación contemporánea como fenómeno que surge con similar
fuerza al capitalismo, legitimándolo en forma de estado, siendo ineludible a
la hora de transformarlo (también) en un estado socialista, pues las bases de
este último responden también a la modernidad en toda su magnitud, y no
sólo a una invención institucional de la burguesía.
Como ya se ha dicho, en su estudio titulado Naciones y Nacionalismo,
Gellner llega a clasicar ocho tipos básicos de nacionalismo, intentando
una anticipación a lo que podría llamarse un método pronóstico a manera de
algoritmo para medir el alcance y la naturaleza del fenómeno. A la consabi-
da industrialización, agrega las diferentes combinaciones que ofrecen la te-
nencia del poder político (P o -P), el acceso a la educación modernizante (E
o -E), y la similitud o diferencia étnico-cultural de los grupos (a+a o a+b).
En consecuencia, enuncia que la “producción” nacional cristaliza sólo en
lo que denomina los tipos 4, 5, 6, y 7 de su esquema.
10
En esencia, resultan
viables, exclusivamente, los movimientos de un grupo étnico diferenciado
y culturalmente desfavorecido sobre otro que tiene el poder, los de un grupo
étnicamente diferenciado o no con el mismo nivel de acceso a la cultura
en comparación con el que detenta el poder, o los de un grupo étnicamente
diferenciado y sin acceso al poder pero con mayor nivel cultural.
En América Latina esta topología deja muchas interrogantes, resultando
insuciente y, en buena medida, inoperante. Tomando sólo como referencia
el período en que se desarrollan las luchas independentistas en pro de con-
formar las nuevas Repúblicas bajo el estatus de estado-nación moderno, no
es posible asumir la factibilidad del llamado nacionalismo étnico, (tipo 4),
ni el que llama arraigado (tipo 5), ni el denominado de diáspora (tipo 7),
pues, aun cuando se puedan diferenciarse, los grupos étnicos no son aquí
(salvo en el caso haitiano), el patrón bajo el cual se establecen las partes en
pugna, contando con un conglomerado cultural mucho mayor a expensas de
la nacionalidad formada bajo el estatus colonial.
Tampoco el proceso responde al llamado nacionalismo liberal clásico
occidental (tipo 6), operado, sobre todo, en las grandes naciones capitalis-
tas, pues la élite revolucionaria y aquella que se le opone por defender el
10. Ernest Gellner: Naciones y Nacionalismo, Grijalbo, Barcelona, 1997; p. 40.
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statu quo no cuentan con la misma forma de “ilustración” educativa bajo
los presupuestos de la modernidad. Además, ello dejaría fuera del proceso
al pueblo llano, fuerza motriz del proceso, que en medida alguna aparecía
mínimamente asociado a tal nivel educativo. Lo más curioso, sin embargo,
es que, de hacerse la salvedad de aceptar que el sector criollo contó con
acceso a una educación más acorde a la modernidad universal del momen-
to, se asumiría el llamado decembrismo, en el cual, según Gellner, no hay
posibilidad alguna de fructicación nacional.
Tampoco se explica cómo pudo haber rupturas coloniales y neocolo-
niales sin el connotado inujo industrializador dado en toda la magnitud
gellneriana, cuya insuciencia marcará la crisis estructural de las nuevas
Repúblicas, sin que esto llegara a anular jurídicamente su existencia. Ob-
viamente, no se observa en Latinoamérica la libre modernización sino como
producto de voluntades elitistas y externas, en muchos casos opuestas cons-
cientemente al progreso nacional.
De este modo, aun cuando el modelo gellneriano pudiera responder a
una situación de revolución burguesa, sería incapaz de explicar la interrela-
ción entre ésta y un proceso nacional liberador como el de las naciones de
América Latina, ni describir la naturaleza de las formas complejas en que
se expresa el sentimiento nacional posteriormente, lo cual en ningún caso
implicó cambios estructurales que garantizaran la soberanía absoluta.
En sentido general, puede decirse que los movimientos y sentimientos
nacionales no han sido explicados con la precisión necesaria como para
aspirar a una teoría regional sobre las formaciones nacionales. La nega-
ción del papel de la lucha de clases dentro del proceso histórico y la apatía
hacia cualquier los enfoques marxistas ha evitado que se tengan en cuenta
criterios imprescindibles. De este modo, las condiciones físico-geográcas,
los niveles de producción e industrialización en comparación con el valor
potencial de los recursos, la tributación productiva, el estatus y la delimi-
tación político-administrativa, las relaciones y jerarquías socioeconómicas,
la distribución demográca y genérica, la particularidad lingüística, los fac-
tores religioso-costumbristas, entre otros, siguen constituyendo asignaturas
pendientes para los estudios en esta dirección.
A esto se agrega el hecho de que la nación es tan cambiante como el
sujeto que la expresa. Como arma Pablo Riaño, no siempre queda cla-
ro “cómo los contemporáneos establecieron nuestros intereses, nuestras
aspiraciones”, lo cual produce una acusada variedad de percepciones con
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respecto a qué es la nación.
11
A decir de Oscar Loyola, “los sujetos socia-
les inmersos en la construcción de una nación, ya fueran individuales o
colectivos, participan del proceso integrador nacional con muy diferentes
expectativas nales”, pudiendo distanciarse éstas de los sueños especícos
a medida que el nuevo producto nacional se va obteniendo; todo lo cual
determina un doble carácter –objetivo (de una parte) y consciente (de otra) –
en cualquier proceso de formación nacional cuya distinción e interrelación
no ha sido privilegiada en los análisis de los teóricos clásicos, constituyendo
otro de los campos de obligada investigación.
12
En estos marcos, resulta sumamente importante atender a aquellos ele-
mentos ineludibles que particularizan el proceso de formación nacional en
América Latina y el Caribe, entre los cuales destacan la presencia aborigen
por un espacio de tiempo considerable, previo a la ocupación española; la
violencia y demagogia forjadas como antivalores en los marcos de un pro-
ceso de conquista y colonización como la ibérica; el régimen de servidum-
bre esclavista imperante en la Colonia; el carácter retrógrado y monárquico
de las metrópolis ibéricas, francamente arcaica en términos de modernidad
con respecto a otras potencias; la carencia crónica de mano de obra barata
resistente a las labores azucareras y la consecuente inserción de diferentes
componentes étnicos externos; la diversidad étnica del ente colonizador, a
diferencia de los términos rasos que casi siempre se emplean para designar
al español; la diversidad étnica africana, con resultantes aculturadas a partir
de la diversidad económica regional y sus necesidades especícas de mano
de obra; la estrecha relación geopolítica con los Estados Unidos, converti-
dos vertiginosamente en una gran nación favorecida por lo más avanzado
del desarrollo capitalista, con pretensiones hemisféricas cada vez más noci-
vamente declaradas y practicadas.
Estos constituyen sólo algunos puntos de partida para la investigación
futura sobre las particularidades del proceso de formación nacional y el
nacionalismo en Nuestra América, cuyo desarrollo teórico cuenta con una
deuda de casi dos siglos en cuanto a superar los presupuestos eurocéntricos
11. Pablo A. Riaño San Marful: Pensando la Nación en el Interregno: Cuba, 1899-1902; en:
María del P. Díaz Castañón (Coord.): Perles de la Nación. Tomo 1, Ciencias Sociales, La
Habana; p. 39.
12. Ver Oscar Loyola Vega: Construyendo la Nación; en: Ob. Cit., pp. 186-195
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y liberales. Como el propio estado-nación moderno, su teoría fue entendida
como un proceso natural, inevitablemente heredado de un programa univer-
sal encaminado a una única manera de construir la soberanía. Sin embar-
go, ésta resulta tan cuestionable como cualquier otro término del discurso
burgués contemporáneo que intente amedrentar la segunda independencia
requerida por nuestros pueblos, en busca aún de la verdadera emancipación
social ante sus propias élites y los designios hegemónicos del imperialismo
actual.
Conclusiones
1. La teoría tradicional sobre las formaciones nacionales y el naciona-
lismo, esgrimida desde un enfoque liberal, occidental y eurocéntrico,
fundamentalmente, se halla –sino incompleta– aún en construcción,
careciendo de un consenso mínimo por parte de los especialistas, in-
cluso de su misma tendencia, y contando, además, con la limitante
que representa la carencia de sucientes estudios marxistas, en con-
traparte, durante todo el transcurso de los siglos XIX, XX y XXI.
2. Si bien es la industrialización es el fenómeno que determina la apa-
rición del estado-nación moderno, no es ella en sí misma la que pro-
tege, perpetua o dene su existencia, sino el espíritu comunitario in-
clusivo (imaginado o real) que se determina con anterioridad a 1789,
con estados canónicos del antiguo régimen, que no dan lugar por sí
mismos a la nueva estructura nacional, pero que lo denen a través de
la pertenencia de sus actores sociales; por lo cual la nación, ni existe
sin su antecedente premoderno (al menos imaginado), ni tiene su-
ciente garantía de vida sin sus presupuestos inscritos en la memoria
histórica de los pueblos.
3. En parte como resultado de la incomprensión en torno a lo anterior, la
teoría tradicional resulta inviable para explicar los procesos de forma-
ción nacional y el nacionalismo más allá de las fronteras de Europa y
Norteamérica, sobre todo en lo que se reere a los países de América
Latina y el Caribe, donde la fórmula gellneriana resulta inoperante
para entender la naturaleza y resultado de tales fenómenos, y el res-
to de la teoría no permite explicar, ni explicar la crisis del estado-
nación, ni las relaciones entre el tema nacional y la complejidad de
los conictos inter e intrarregionales, impidiendo trazar pautas para el
análisis del proceso formativo nacional en sus diferentes momentos,
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INTERPRETACIÓN DE LA HISTORIA LATINOAMERICANA
quedando como asignaturas pendientes el estudio de la cuestión y el
problema nacional durante su construcción anómala, así como su ma-
nifestación territorial.
4. Sólo un enfoque metodológico que supere las carencias de la teoría
tradicional abordada, trascendiendo la atomización típica de los fac-
tores étnico, educativo, de poder político y –sobre todo– de una indus-
trialización que para nada transcurre bajo una sola fórmula, permite
arribar a una construcción teórica sobre las formaciones nacionales
y el nacionalismo que resulte viable para explicar tales fenómenos
en todos sus contextos témporo-espaciales, incorporando cuatro ele-
mentos esenciales:
La inclusión del análisis socioclasista y sus contradicciones parti-
culares en cada proceso de construcción nacional.
● El análisis bidireccional (a escala nacional y regional).
El proceso constitutivo de la nación en sus momentos transitorios
(asociados conceptualmente a la cuestión o el problema nacional
más que al estado-nación mismo).
La incorporación de nuevos indicadores de análisis notablemente
descuidados hasta el momento (geográcos, económicos, políticos,
jurídicos, administrativos, étnicos, sociales, religiosos, educativos y
de la cultura en general).
5. La inserción de estos cuatro elementos, no sólo permite responder a la
necesidad actual de superar las teoría existente y trascender a planos
superiores y realmente generalizables en términos de aplicación teó-
rica y metodológica, sino que supone su concurrencia total, sin exclu-
sión de ninguno, determinando, en efecto, el planteamiento de nuevos
proyectos y direcciones de estudio de gran envergadura para vericar
las nuevas hipótesis que se planteen en torno a cada indicador esta-
blecido y su relación con el problema que se investiga, proponiendo
nuevas divisas para comprender los procesos formativos de la nación
y la región históricas.