
El cronista municipal: de la historia universal a las historias locales
Egli DORANTES
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reviviendo el mítico poema de Borges; arraigados en su pueblo, sin traicionar
sus principios, pero solitarios de soledad, con la rabia visceral de querer que
Bachaquero, Mene Grande, Moteo, San Lorenzo, Tomoporo, Ceuta, Cabi-
mas, Lagunillas, Santa Rita, Los Puertos y todo el estado, pasen al libro de
las posteridades, con el honor merecido por sus fundadores, de cuyos rostros
nadie tiene la miserable idea de quienes fueron.
Uno tiene que recordar que la Historia no es una ciencia exacta, sino que
siempre reeja la época en la cual se escribe. Cuando fueron escritas las crónicas
de Indias, la historiografía estaba todavía, según Víctor Frankl, estrechamente
ligada a las concepciones legendarias, al recuerdo y a una realidad espiritual.
Leyendas y cuentos mitológicos de la antigüedad, las profecías y la tradición
bíblica formaban parte del pensamiento histórico del período. Al examinar
los rasgos literarios en las crónicas de Indias, hay que mencionar que incluso
si hoy en día nos parece curioso encontrar cuentos y elementos literarios en
una obra de historia, una mezcla entre historiografía y literatura había sido la
norma desde los principios de la historiografía. Borges ha indicado que lo que
anteriormente se leía como historia épica (como las obras de Homero) hoy lo
leamos como literatura, y esto podría eventualmente ser aplicable también a
partes de las crónicas de Indias. En los textos historiográcos griegos y roma-
nos se encuentra numerosas anécdotas y cuentos, a menudo con formulaciones
lacónicas y detalles sugestivos que permiten recordar más fácilmente la historia.
Importaba menos si era la auténtica verdad, ya que la gente siempre ha preferi-
do una historia fantástica bien contada a una verdadera pero sin valor literario.
Tanto en América como en Europa circulaban numerosos mitos que hicieron
crecer el carácter imaginativo de las crónicas de Indias. Mitos que se tomaban
muy seriamente: el del Amazonas, originalmente guerreras míticas griegas, em-
pujó a exploradores españoles como Francisco de Orellana a organizar expedicio-
nes para buscarlas, y es de allí que proviene el nombre del gran río. Las crónicas es-
tán llenas de mitos: unos tratan de gigantes, sirenas, grifos, dragones y monstruos
de todo tipo, mientras otros evocan países, ciudades y lugares, como el país de la
Canela, el paraíso terrenal, el reino de Omaguas, las siete ciudades de Cíbola y el
país de Meta. También había mitos y cuentos de tesoros escondidos.
Como las crónicas de Oviedo y Bernal Díaz, la del Inca Garcilaso es muy
personal. Él y su familia guran mucho en la obra y es notable cómo utiliza al
tío de su madre, un inca anciano y sabio como un segundo narrador, ya que
es él que cuenta muchas de las relaciones sobre la historia de los incas. Podría
describirse como algo parecido a la técnica narrativa llamada la caja china, es