
Perspectivas. Revista de Historia, Geografía, Arte y Cultura
Año 5 N°9/ Enero-Junio 2017 / ISSN: 2343-6271
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espacios utilizados para la caracterización de las relaciones sociales. El espacio
es, también, mental, en la medida que los individuos lo perciban, imaginen
y valoren de modos diversos, y estas percepciones y valoraciones subjetivas
también condicionan la relación con el espacio, al igual que lo hace, por
ejemplo, la presencia de ciertos atributos naturales.
Hérin propone una combinación de los dos: el espacio socio-geográco, el cual
abarca “la proyección en el espacio geográco de las estructuras sociales, de las re-
presentaciones, de los mitos de la sociedad” (2006:45); espacio en el cual se reejan
las jerarquías sociales, conictos de grupos, donde también cabe el espacio de lo
imaginario, de lo religioso, proyectado en el espacio concreto. Este espacio social es
producto de las relaciones sociales presente en esa espacialidad concreta.
Por ello, podemos armar que el espacio es, también, un producto cultu-
ral, en tanto que los grupos sociales o colectivos culturalmente diferenciados
lo viven, imaginan u representan. Entonces, es posible aseverar que un co-
lectivo culturalmente diferenciado es capaz de emprender la ocupación de
un espacio, con lo que el mismo deja de ser una mera supercie, unas coor-
denadas o un lote más, pues tal como lo plantea Fiore (1985:3), “un espacio
objetivo, un espacio en sí, de hecho no existe, siendo el espacio ante todo una
creación cultural”, por lo cual “es posible la creación de un espacio por parte
de un grupo local” (Valbuena, 2005:32).
Entonces, las sociedades serán creadoras del espacio desde distintas re-
presentaciones compartidas colectivamente; por lo que “algunas nacen de la
geometría, pero las hay también provenientes de la construcción física del
espacio e igualmente de un mundo cromático de color urbano, o de signos
vernaculares” (Silva, en Valbuena, 2005:32).
Como espacio público en el que conuye la comunidad que es la U.E.N.
“Víctor Capó”; producto de las constantes interacciones de los distintos
participantes que se desenvuelven con símbolos, signos y códigos propios,
deviene en un espacio abstracto, adquiriendo características particulares que
trascienden lo material. La noción de ese espacio abstracto, según Villasante
(en Carrero, 2005), se conforma por tres aspectos básicos: a) identidad: gra-
do de distinción de un elemento con respecto al resto; b) estructura: relación
espacial o pautal de un objeto con el observador, y con los otros objetos; y c)
signicado: valor emotivo o práctico de un elemento; por lo que uno puede
contener en sí un signicado mítico, social, económico, político, ancestral y
patrimonial, como también puede contener una signicación utilitaria.