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Escrituras: catálogo y colonia
Miguel Ángel, VILORIA*
Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt
v.atracadero@gmail.com
Resumen
Desde una perspectiva compleja, dialogística, latinoamericana, el presente ensayo
busca describir, reexionar y tematizar sobre la escritura en el marco categorial
de la cultura occidental. El fenómeno de la escritura es desplegado a través de
una panóptica sucinta y crítica de los procesos ideológicos, culturales, históricos
y políticos que de alguna manera u otra materializan la impronta colonial. En tal
sentido, el estudio advierte teóricamente que, además, no se puede asumir la
escritura desde las creencias habituales o determinaciones tradicionales, pues
no es un asunto de disciplina, sino que ella en su potencia deliberada es hacedora
de realidad, de ethos social. Por lo tanto, enmascara y da rostro a un mundo
altamente circundante, simbolizado y, en efecto, construido por la palabra escrita.
Palabras Clave: Escritura, escrituras, realidad, lenguaje, epistemología, colonia.
Writings: catalog and colony
Abstract
From a complex perspective, latinamerican dialogic, the present essay searchs to the
describe, to reect and have a topic about writing in the cathegorical frame of the
west culture. The phenomenon of culture is being spread through a simple panoptic
and critics of the ideological, cultural, historical and political processes that from
any manner or another materialize the colonial imprint. In such a way this study
theoretically warns, that besides, it can’t asume writing from the habitual beliefs
or traditional determinations, because it is not a fact of discipline but it is in its
deliberate power it makes things real, the social ethos. For instance it is masked,
gives face a highly world around symbolized and in fact built with the written word.
Keywords: Writing, writings, reality, language, epistemology, colony.
Perspectivas: Revista de Historia, Geografía, Arte y Cultura
Año 8 N° 16 / Julio - Diciembre 2020/ pp: 102-114.
Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt
ISSN: 2343-6271
*Licenciado en Letras. La Universidad del Zulia. Docente e investigador de la Universidad Nacional Expe-
rimental Rafael María Baralt. Coordinador del Departamento de Lengua y Literatura. Director de la Revista
Dominios
Recibido: Abril de 2020 Aceptado: Mayo de 2020
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Introducción
I
Las únicas respuestas interesantes son las que destruyen
la pregunta.Susan Sontag
Es libre sospechar que ver, escuchar y pensar – o una idea de ellas-
los productos de otras conciencias en sus vorágines, en sus estados, en
sus crepúsculos, en su vitalidad permanente, forman parte de un tiempo
y de un espacio dado. Nada nuevo: las cosas poseen las resonancias
recibidas, heredadas. La conciencia, o la conciencia crítica, es superar las
representaciones que se han convertido en lugares comunes ociales. Algunas
no son tan comunes, se han naturalizados. La certidumbre se ocia no solo en
las iglesias, hay otros conventos ubicuos en estas viñas.
Es el tiempo, entonces, en que la ventana de esta buhardilla domina los
techos herrumbrosos, los postes y cielo de Armando Reverón. Los renglones
anteriores me llevan a esto: La constante: lo que aparece de pronto, de la
nada; oculta algo, oculta grandes riesgos, secretos. Si la vida se burla de la
razón, podemos suponer que la lengua se burla de la gramática.
El problema de los credos es que embrutecen más las culturas.
Lamentablemente, la ventana no mira el litoral sureño del lago de Maracaibo,
choca, más bien choca insistentemente, hacia los inquietos y anticuados
ocasos. Tras de mí, unos libros están apilados en un mesón; otros, en un
anaquel semejante a la ahora suvenir Torre de Pisa.
En las paredes tengo colgados unos cuadros de Tabalzul, regalados en un
nocturno de puerto, en unas noches de calles. Como somos de la calle, C. Ch.
estaba con nosotros viendo la danza y el baño de ron al Santo Negro, San Benito.
C. Ch. llegó a decir, rato después entre conversas, que este santo era «el único
que daba empleo en el mundo.» Tabalzul rompió a reír. Rato después se me
acercó, ahora más enaquecida, carcajeando e histriónicamente tambaleando,
entregándome en las manos secretamente los dos enrollados lienzos. Eran
manos de seda, de prestidigitador; «manos de ladrón de carteras», me dijo en
una oportunidad. Huyó del Uruguay en el 73 al consumarse la dictadura de
Juan María Bordaberry. Luego de pasar dos años por Europa, un atardecer
de vientos, desembarcó en Guanta, Venezuela. Se aproximaba a los ocho
años. En el vaivén de los barcos aprendió el arte de la picardía, el artilugio
de los piratas: «robaba todo lo que quedaba mal parado», me dijo mientras
C. Ch. regresaba del baño. Ignoré en principio qué era lo que me había dado
Tabalzul. Días después, los enmarqué, dejándolos en la pared un poco más
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arriba del retrato del autor de Dejemos hablar al viento. Qué haya construido
este refugio para leer responde quizá, además de connarme, a mi necesidad
de reanimar mi relamida vocación.
El epígrafe de Susan Sontag, (creo recordar, ahora que transcribo, el de
Marx: la única manera de hacer losofía es destruyéndola) lo imprimí en
letra irregular en una de las cuatro paredes. Se escribe, o se amarra, porque
uno cree que el pensamiento va asumiendo otro tipo de extravío en el tiempo
- uido gráco - en esta urdimbre llamada realidad; porque sentimos que otro
tipo de voz, deslizándose, nos acompaña en el decurso, una voz irreverente
en el devenir, en el viaje de esta lógica humana. No se arraiga: se mueve en el
presente conspirador, continuo. De golpe recordé que la escritura de Voyage
au baut de la nuit fue inspirada por una Canción de Guardia y, mejor aún, por
el amor a Elisabeth Craig.
La escritura genuina de Simón Rodríguez la provocó, además, esas
situaciones únicas de nuestra historia fundante. Quiero creer eso como lector.
Me asiste un ligero derecho. Puedo cualquier cosa creer, ¿acaso la literatura
no es en parte eso? Inspiración, respiración, expiración, contextualidad,
compromiso, placer, dicha, desdicha, tensión, distensión, contradicción,
(su eufemismo es la palabra paradoja), transgresión, seducción, vibración,
invención, dispersión digresión, sura, grieta, mutación, refracción,
aceleración, desaceleración. Podrían sobrevenir dos puntos: Panóptica de
una forma de conciencia. Por lo tanto, practica la pluralidad, la multiplicidad
y la promiscuidad. Como es sabido: toda explicación única es reductora,
embalsama. Muchas, me reero a la explicación, parten de un ideario,
generalmente conservador (recordemos: el conservador ama ferozmente lo
nuevo, lo posmoderno). Lo que escribo es sacudidas escrituras. Mi singular
escritura parte de la escritura. No ejecuto la escritura como tal, sino como una
posibilidad de ella que nos sugiere o imprime el tiempo y el espacio y, sobre
todo, el ethos mental y social.
Uno de los temas fundamentales de los escritores, amén de otros, es la
escritura misma. Diríamos mejor, una forma singular de esa escritura. No me
reero a la escritura onanista, inocua, ni la narcisista propia de los románticos:
«escribir es un acto dramático, sujeto a la elaboración dramática» (Sontag:
2007,88). Era el tiempo de los excelsos - y excesos - románticos, el tiempo de
las adherencias al yo. Quizá Sontag, por otra parte, también pudo sospechar
que una palabra no expresa el sentido total que ella pretende. Por eso se
escribe. Walter Benjamín nos traduce que la literatura inuye y modica la
lengua. Entiende por demás: nos modica.
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A todas estas, la escritura, cuya esencia es extremadamente compleja,
no se desarrolla en un marco natural, sino en una realidad materialmente
histórica, cultural, política, ideológica; quiere decir, ella surge o adviene de
una contextualidad cuyas ideas, sentimientos, emociones están adscritas
a este mundo, llamado con más énfasis después de la Edad Media, secular,
humano.
La primera lección es que la escritura – percepción germinalmente visual
- es algo para leer y en él nos leemos. Dialéctica desprovista de inocencia.
Buscamos y construimos, mediante este articio, el sentido de las cosas.
Siempre es producto colectivo, fuerza de masa. Es mezcolanza con sus
excepciones.
Los autores de Mil mesetas nos hablan de la metáfora del Rizomas con
una escritura rizomática. Guattari y Deleuze practican lo que profesan.
Esta lógica intenta romper con la lógica del ABC racional de la tradición
cartesiana. Conciencias como la de Sartre, Cervantes, Onetti, Borges, Miller,
Proust, Celine, Faulkner, Juan Calzadilla, Simón Rodríguez, entre otros, son
claros ejemplos de irrupciones. Saben que la escritura, o las palabras, no la
han creado ellos, pero si puede modicar los modos de escritura, y suscitar
cambios signica redimensionar su compresión, su pensar y su lectura. Es un
asunto epistemológico. Signica entender el mundo desde otra perspectiva,
nueva forma de imaginar, con menos reverencia o, en el mejor de los casos,
más crítica a/contra los marcos categoriales eurocéntricos que se han heredado
desde Aristóteles hasta nuestros días. Saben, por tanto, que disponen de una
escritura que ha discurrido por muchas conciencias; saben que, como el
pensamiento, son productos históricos. Quizá, entonces, no podríamos hablar
de escritura, sino de escrituras.
Entiéndase, vertebra con la tradición y su tiempo. Es un fenómeno
inacabado y siempre en permanente brote. Quien escribe, como la escritura
de Cervantes, es un acionado a los palimpsestos. Proust fue dado a escuchar
con fruición en los grandes salones esnobistas de su Paris; con una particular
idea de imaginación y desde unas ruinas escriturarias escribió Borges.
Comprendió que él era partícipe de un innito libro, de una innita escritura.
Con La mano junto al muro, Meneses mesuró un puerto con sus sombras
errantes, articulada con una cultura literaria occidental. La impronta no es
solo gráca, está en otros órdenes de la vida humana: imaginario, sensibilidad,
intuición poética, racionalidad. El autor de Todos los fuegos el fuego, diría
con nosotros: todas las escrituras la escritura. El quipu de la escritura no es
un minutero cristiano, el minutero mecánico con el cual nos orientamos en el
tiempo: es el verdadero uir crítico de un mundo secular.
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La escritura vive en el acto, no está sometida al estado. El acto expresa los
diversos estados. El acto siempre es deliberadamente histórico, político. Suma
y acuerdo de un mundo en expresión.
Habla, por tanto, desde el sujeto plural, desde las formas de la conciencia,
desde las subjetivadas.
La singularidad solo existe en la pluralidad. Cada singularidad es parte de
la pluralidad.
No nace, se hace como intensidad. Su tiempo es la expresión de la
organicidad social, latente en el cuerpo de la compleja realidad.
Para hacer fuego suponía el autor de La náusea.
Alrededor del fuego crepita lo humano posible.
Alrededor del fuego se reúne el habla no singular.
Vale decir, la escritura se va eslabonando en las distintas conciencias -
¿críticas? - de las épocas, pues nunca está acabada, ni dada del todo, ni mucho
menos emerge solamente de ella de manera osmótica (desde hace tiempo
asistirnos a la muerte de Darwin, al menos desde los estudios del lenguaje). Su
disposición, además de participar en la invención de este mundo, es, en suma,
adscribirle signicados, inventariar tropos, imantar mundos imaginarios.
Kafka no solo describió un mundo: lo escribió.
La escritura, no solo describe, escribe desde múltiples esfuerzos; escribe
las abstracciones; escribe aquello que se percibe y se ordena como lenguaje
o posible lenguaje. Insisto: Kafka – o su literatura – conrió un cuerpo
desde su singular perspectiva, aparentemente desinteresada. Ni literatura
implica escritura, ni escritura, literatura. No es paradójico escribir sobre la
escritura desde su mismo campo discursivo, desde su propia epistemología:
metaescritura. La escritura no es simple sistema de signos, vagas imágenes
grácas, convenciones sueltas al boleo, ni verbalización del mundo; no es solo
el pensamiento y sentimiento gracados; no solo signica representación de la
representación ideológica. No es la aséptica imaginaria del interregno baldío.
Sin embargo, es todo eso. Es llama libertaria y evangelizadora. Es cuchillo que
algún momento sirve para cortar pan y otras veces, ese mismo hierro, para
asesinar. Sin ellos, nada valdría la pena. Se arma en sus contradicciones; se
contradice en sus aseveraciones. Ni es la pacata visión de los cancerberos de la
escritura académica, ánimo tan entusiastamente extendida en las catalogadas
revistas arbitradas, mundo, muchas veces, de inutilidades autárquicas.
La escritura es un instrumento de muchas aristas, y, a la vez, somos su
corredor en la imaginación de la civilización. No hay que dejar de recordar
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que la comunicación no es todo en la escritura, lo es más, en el mejor de
los casos, por su capacidad de conceptualizar, de crear mundos cticios y
objetos o artefactos verbales. No hay convicciones ancladas, menos después
del acertado aforismo de Nietzsche: el enemigo de la verdad no es la mentira
sino la convicción. Por su parte, Sartre aseguraba que el otro gran enemigo
de la sacrosanta verdad es la «abyecta adherencia a sí mismo.» Miller, por su
parte, descubre en los primeros renglones de Trópico de Capricornio: «era el
peor enemigo de mí mismo.».
La naturaleza de la escritura pretende crear, o sumar, una realidad, pues el
ser humano tiene la necesidad de construirla. La escritura le place ese deseo.
Es decir, la simbolización. Más que en el mundo físico, el ser humano, nos
dice la antropología actual, vive imbuido en el espacio simbólico. La escritura
es una realidad gracias, además de otros factores exógenos, a una inteligencia
e imaginación simbólicas (Colombres : 2011, 25- 26). No solo escribimos a
alguien en particular, sino, sobre algo. No dominamos la escritura porque
sabemos los signicados de las convenciones pragmáticas y gramaticales,
culturales e históricas de la lengua: colocar y dominar los acentos, la sintaxis,
las semánticas de ciertas palabras, entre otras prescripciones. No se trata
meramente de dominar al dedillo el evangelio gramatical ni las técnicas
discursivas. No es tampoco un misterio: son lenguajes que, descubriéndola,
se conesan desde su centro. No hay misterio alguno, el fenómeno se expresa
en sus entresijos. Al traspasar Alicia el espejo, se da cuenta - o nos damos
cuenta- de que su actual realidad está dentro de otro lenguaje, otro juego, otra
contigüidad de la vida. Ha perdido la percepción fáctica que proporciona todo
lenguaje: el orden. La novela, Alicia a través del espejo, avanza y se reordena
en la tentativa de fundar, tal como la nostalgia de la novela, un imaginario. La
escritura es, en el proceso, interpretación que anhela en potencia interpretar.
La escritura, no obstante, pertenece a un pasado; el lector, a un presente.
Escritura y lectura, ambos ejercicios pendulares, van del pasado, sin obviar
el futuro, al presente y viceversa; se construyen, se vertebran. Los dos actos
son creativos y fértiles, no exenta de materiales ordenadores de presente. La
escritura habla, entiéndase: fabula. Se escribe como se ha venido leyendo;
se lee como se ha venido escribiendo. Ambas están circunscritas, visible o
no, por una teoría. En la escritura, en efecto, se asientan dinámicamente los
elementos subyacentes que constituye lo humano.
Escribir por tanto es un saber secular, un sabor; un hablar, un fabular. Leemos
y escribimos lo que generalmente tiene social e históricamente signicación.
Leer no es pensar, es saber leer. Escribir requiere de mil y un borradores,
porque ella al principio no es pensar, es también un saber heredado. «Sartre,
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en su entrevista con Sicard: “No suelo pensar para escribir. Me pongo a
trabajar y, conforme voy escribiendo, voy analizando, anando, descubriendo
la idea que nace más clara o más racional. Y más adelante: la inspiración no
es una idea que nace repentinamente en la conciencia y se desarrolla. Está
en la punta de la pluma. Yo no distingo entre inventar el detalle y escribir, ni
siquiera cronológicamente es distinto”.» (Lévy: 2001,247) Escribir nos exige,
amén de los palimpsestos mentales que entran como gran marco intuitivo,
circunscribirnos a los contornos de una tradición e inventar desde esa heredada
y consabida simetría del pensamiento. Exige, por tanto, ruptura desde la
dinámica de la alquimia verbal. Exige reparar en lo contrapuesto, alejarse
de la inmediatez signicativa de los lugares comunes. Resulta indudable, la
escritura crítica no catequiza, ni mucho menos ocia misa.
En el fondo de muchas cosas que hacemos, la metáfora de la metamorfosis
se nos presenta, – los cambios en el tiempo - , generando, pues, los modos
de escritura. ¿Comprendemos solo las cosas que pertenecen al lenguaje?
¿Existe signicación/comprensión fuera del lenguaje? Hacer estas preguntas,
además de partir de una teoría de los modos de pensar y escribir, es arma
que debemos inventar lenguajes, lenguajes con capacidad de juego, de fuego,
lenguajes para desenmascarar su propio catálogo, lenguajes de invención
crítica, una escritura propia que se construyan desde sus marcos culturales e
históricos. Urge, en consecuencia, una analítica de la escritura. La escritura,
lejos de ser una reiterada mecánica obsesiva del reloj, ha de ser un terreno
germinal para los diálogos. Digámoslos de manera concisa: escrituras del
imaginario. Porque catálogo y colonia no es otra cosa que una cuerpo de
respuestas construidas previamente. Si hay repuestas hay signos; si hay signos
hay catalogo y colonia.
II
Se prorrumpe por la urgencia de dialogar con las voces dadas en los
diferentes contextos históricos. Para, además, reunirse alrededor del fuego.
Por desanclar algo: cada vez que en la escritura el punto y seguido escinde una
oración de otra, reiniciamos el dialogo. La escritura se hilvana en el dialogo.
Llama poderosamente la atención que algunos textos, sean de cción o de
otros géneros convencionales, inician como si se desprendieran de otros; es
decir, están en situación de relevo, tomándonos las manos rápidamente. Tal
como las manos de seda de Tabalkzul en el barco: no notamos su cambio
de mano. Ese articio nos sugiere que el texto se escritura desde otro: lo
intertextual. Dialogar no es responder, es imbricar, eslabonar o ensamblar
voces. Disentir. Al escritor y al lector les es dado ir descifrando y codicando
el texto. De esa hibridez, del texto y el lector, surge fagocitada, esa escritura
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interior. No hay escritura terminada, ésta hace resonancia en el lector, el lector
como sujeto histórico.
En su ensayo, Introducción a Mimesis, de Erich Auerbach, Edward Said,
nos acompaña con estas palabras: «Vico también formuló una teoría de la
coherencia histórica según la cual cada periodo compartía rasgos lingüísticos,
artísticos metafísicos, lógicos, cientícos, jurídicos religiosos comunes
y propios de sus aparición: la época primitiva originó un conocimiento
primitivo que constituía una proyección de la mentalidad bárbara - imágenes
fantásticas de dioses que se basaban en el temor, la culpa y el terror -, y ello a
su vez dio pie instituciones como el matrimonio y la sepultura a los muertos,
que preservan la especie humana y le conere la continuidad de su historia
[…] Por consiguiente, la historia y la sociedad humanas constituyen una
creación, un laborioso proceso de despliegue, evolución, contradicción y, lo
que resulta más curioso, representación.(Said: 117
Interesa resaltar aquí es la categoría de coherencia histórica como fenómeno
presente en la escritura. La escritura posee, por muy marginal que parezca,
discursividad poética, simbólica y racional. El estudio de la etimología, la
semántica, la lología nos asiste, puesto que muestra una relación orgánica
y consustancial con su tiempo, con el lugar y con las circunstancias en que
emergió; no solo el objeto que se estudia sino el estudio mismo: todo ello
queda enmarcado, valga, en un contexto especico de la sociedad. Las
convenciones no son meras conversiones, nacen justamente de ese fenómeno.
No son leyes como se quieren presentar ahistóricas. Distintos fenómenos
históricos, estamentos sociales se suman, creando así una suerte una síntesis
de materialización verbal. No hay grado neutro de/en la escritura. Ella surge
y se maniesta, en ese sentido, en un momento muy concreto - coherencia
histórica - de la vida de los seres humanos. A eso llamamos, a falta de otro
nombre, realidad. La realidad es lo que siempre, desde distintas perspectivas,
está propagándose incesantemente y dialécticamente resemantisándose
como constructo histórico humano. Habitamos - creo que lo dijo Heidegger-
en el seno de la historia a través del lenguaje. No verla desde esa perspectiva
es eludirla, estereotipándola con argumentos elusivos o, lo que hoy llamamos
alegremente, posmoderno.
Las civilizaciones, es bien sabido, engendraron en su proceso la
escritura. La escritura (lo permanente y lo fugaz no cesan su dinamismo, sus
direcciones) adquirió, y es pergamino, la experiencia de lo histórico. Con
su voz conesa que los contenidos y las formas son fuerzas históricas. No
hay una escritura que explore con neutralidad la vida; abriga las verdades
asentadas e ideologías que narrativamente se han establecidos. Ella no es
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espejo, es muaré donde penetra, según las diversas perspectivas, lo social,
histórico, estético, ético, entre otras.
Rescato la idea poética del crítico italiano Claudios Magris: «La escritura
no salva la vida, aun cuando permite que algunos de sus instantes sobrevivan
en las palabras, pues la vida no puede reconocer ni encontrar en ellas su propia
verdad inmediata, inexpresable y fugitiva»( Claudio Magris : 1982: 119)
Como vemos, la escritura se maniesta más allá de la su función
comunicativa. Sabemos que, reitero, cuando escribimos lo ejecutamos desde
una lectura particular de los que somos como sujeto orgánicos o desde lo
que nos han hecho creer que somos. En la escritura, como materia verbal,
se suscitan tensiones históricas, ideológicas y políticas. La escritura rezuma
la sedimentación de una estética cuya ética aspavienta. Magris nos sugiere
que no hay escritura sin armación e impronta de la vida y la ética. En
efecto, es lo que quiero decir: escribir no implica ver o crear sistemas. Aunque
es obvio que ella se proyecta desde un sistema que prescribe una forma y
unos contenidos. Se trata de leerr, de percibir ese fenómeno como quien nota
los diversos vestuarios de un actor cada vez que cambia de rol. La escritura
signica un acto, un asunto de ejecución.
El tema es la complejidad de la escritura, provista o/y desprovistas del
abc de los sistemas. Un abc es una forma de ejecución, una homogenización
o estandarización del canon. Claro, declaremos: en el fondo es un problema
epistémico. El modo, es decir, cómo está dispuesta la instrumentación para
pensar y, por tanto, para modular una escritura, aanza el fondo. La gramática,
inevitable trampa del lenguaje, nos es del todo nuestra aliada. Pues, tras la
praxis de la escritura, están presente los rasgos vivos epistémicos. En realidad,
hablar de sistema o estructura es partir de creencias habituales o determinaciones
tradicionales y, valga, falsa. Mantener esa premisa es concebir una subrepticia
respuesta. Tanto Nietzsche, Kierkegaard y Wittgenstein, y gran parte de la
literatura y el arte contemporáneos, notaron la absurdidad de los sistemas.
En algunos conservadores gramáticos y cientícos sociales prevale la idea
de entender el objeto creando sistemas. La idea contraria, abrumadoramente,
escasea. El arte, por lo general, dispuso materialmente de nuevas formas
para crear insumos artísticos a contracorriente del canon decimonónico. La
literatura y el cine de autor rechazaron esta postura sistemática, asumiendo
nuevas invenciones narrativas. Los sistemas, a pesar de que se reproducen
como la cola de una reptil cortada, se desgastan.
La estructura, verbigracia, surgió como una metáfora física. Marx nos
planteó su edicio metonímico: la infraestructura y superestructura. Un
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pensamiento binario (causa y efecto) y tríadico dominaron el escenario del
pensamiento y la manera de entender y crear el mundo. Desde ahí, en parte,
se suscita la escritura.
Lo que está en relieve es que la escritura no está exenta de esas categorías,
pues escribir desde un imaginario esencialmente crítico, entonces, es
confrontar ese supuesto. Se la quiere formar, creándole condiciones, como un
sistema, de hecho en la práctica sucede así. Las convenciones fatuas, como las
tradiciones, operan en esa lógica. Se nos enseña cómo crear demarcaciones en
el discurso: capítulos, párrafos, oraciones, puntuación, ritmo, tempo. Nuestra
práctica de escritura universitaria es un ejemplo férreo de ello. Nos llevan
a concebir, o sea, el mundo como sistema, y como punta de lanza actúa la
escritura. Es parte del coloniaje intelectual, cognitiva, o, mejor, losóco.
Se ha codicado una mirada, lectura colonial, mediante la escritura, y se
transmite sin desparpajo. Ángel Ramas concibió La ciudad escrituraria como
cerco invisible o visible del poder escriturario e instrumento de dominio de la
sociedad colonial. Digamos que era la cuadrícula de la cultura colonial. El otro
Ángel, Ángel Oroño, me habla desde sus críticas y avezadas lecturas más
arriesgado - de narrativas comandos: escritura, leyes tratados, libros, Biblia,
ordenanzas, tesis, entre otras materialidades escriturales, que direccionan y
crean la vida humana. El papel o poder de la escritura no ha sido ingenuo: ha
escrito al mundo. Un engendro de la cultura con el que pensamos, con el que
otorgamos sentido la vida y con el que, todo vez, podemos crear prácticas o
procesos autonímicos, es decir, tiene la posibilidad de hacerse y rehacerse
dentro de su seno. Los lenguajes cambian porque las civilizaciones han dado
el paso hacia la transformación. Esas metamorfosis se dan desde esa compleja
inagotable materialidad histórica de la sociedad. Generalmente estos cambios,
que no son darwinianos, acusan recibo en la política.
El cerco se nos hace visible. Al menos eso sentimos. Podemos trepar
y subvertir, pues ninguna categoría es sacrosanta. No hay cabida para
manipulación de la mirada, es decir, de las categorías coloniales, de las
categorías ahistóricas. Diríamos como Edward Said: no es momento de
«platonismo acrítico». La escritura, o todo discurso, posee contexto amplio,
no endosable a otras culturas; no obstante, nos endosa y se vuelve
herramienta para entender y crear mundos. Basta una palabra, y ya viene esa
realidad que nombra interpretada. El mundo en que nacieron muchas palabras
ya no existe, sin embargo,se mantiene en el lenguaje. La crítica feroz que
hace Witold Gombrowicz a la poesía va por ese lado. Simón Rodríguez,
sin menoscabar los gestos de Andrés Bello, comprendió no tardíamente la
tarea: subvertir y crear un pensamiento, una escritura que expresen nuestra
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real tensión histórica, política y, necesariamente, poética. No podríamos,
aunque lo hacemos consuetudinariamente, escribir con las premisas del
canon eurocéntrico.
Europa, a propósito del contexto, nos sometió por los derroteros de las
narrativas comandos. Nos puso a hacer, y ser, desde su marco categorial.
Nos dominó, huelga decir, por el instrumento maestro que refracta todo: el
lenguaje. Pues, al escribir, se instrumenta una epistemología, un paradigma
de la vida. Sin lenguaje, como sabemos, no hay escritura. Somos una
prolongación de su palabra, digamos: la palabra penando.
A riesgo de recarga, Huizinga agrega: «Todo lenguaje humano se expresa
antropológicamente, en imágenes extraídas de las actividades humanas, y
tiñe todo lo abstracto con la metáfora de la percepción sensorial. »( Jhoan
Huizinga: 1960: 57) Acaso muchas de las páginas escritas en los desgranados
siglos anteriores no han hecho otra cosa que bordear el núcleo de la metáfora
de la percepción.
Podemos suponer, desde esta modernidad embriagadora, que estas tensiones
no existen, pues la escritura es una fuente o renería del conocimiento, no
un mero instrumento de comunicación. Sería muy posmoderno la actitud
de suponer que la escritura es un medio esencialmente de placer que genera
placer. Es la actitud de unos elusivos estetas de la escritura, que mejor sería
no invocarlos. No por ello quedan descalicados, pues son parte de lo que se
pretende aquí exponer.
III
La América nuestra, entonces, se cimentó sobre una semántica histórica
borroneada y encubierta, sobre una deliberada imposición de coherencia
histórica eurocéntrica. Se impuso el Leviatán de Europa. Se impostó, en
la práctica dominante, una cultura, una lengua y una escritura. De modo
que escribir en América es colocar, como si fuera propia, en relieve esa
descontextualidad política, ideológica, social, histórica, estética, ética de
la Europa. La escritura lleva dentro de su memoria latente; revive en el
azogue del acto mismo de escribir. El contexto histórico, político, social y
cultura de América fue de hecho desdeñado, expoliado. Se escribe desde una
coherencia amañada que desconoce nuestro horizonte histórico y social.
La escritura, en consecuencia, nos proporciona diversas categorías de cómo
el mundo ha sido pensado. Desde ese marco elaboramos nuestra idea, nuestro
entorno mental y social. El pensador boliviano nos acompaña: «Podemos
percibir solamente aquella realidad que nos aparece mediante las categorías
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Escrituras: catálogo y colonia
teóricas usadas». (Bautista, 2015: 71) Se trataba de reordenar la realidad
desde una perspectiva racional totalmente bajo el dominio del colonizador.
La escritura, como práctica colonial, está habitada; crea los corredores de
la realidad posmoderna. Hay, en síntesis, un carácter explícito colonial
asentado en la escritura y en todo lo que le sobreviene: sus corredores, sus
correlatos, sus narrativas. La urdimbre verbal inventa la cosmovisión actual,
dando un sentido ideológico a realidad. Esa sería la expresión, un sentido.
El mismo autor, Juan José Baustista, arma: «América Latina es, sin duda,
uno de los casos extremos de lo que signica colonización subjetiva o interior
de los pueblos colonizados, cuando estos empiezan a mirarse, comprenderse
y pensarse con conocimiento, ideas, creencias y costumbres del colonizador;
esto es, cuando el colonizado tiene como realidad única la visión de la realidad
que impuso el colonizador, cuyo Ser es su categoría fundante. Empezar a
pensar desde lo negado por este Ser es empezar a pensarse en perspectiva
decolonial »(p. 67).
A esta altura del damero, sabemos que la escritura no se reviste de una
identidad natural ni posee origen divino, por el contrario, es una realidad
construida, un artefacto inventado cuyo aanzamiento tiene que ver con la
historia de los seres humanos en estos legibles siglos.
Pareciera que se ha venido escribiendo – reconociéndonos - desde una
descontextualidad asxiante. Por ello, quizá, las identidades son simple
reiteradas sombras o caricaturas de la europea y estadounidense. La letra, su
letra no muere, se vivica como cuerpo orgánico cuya ritualidad se maniesta
en ceremonias exhibiciones - , que organiza a su vez todo el estamento
social. Para muestra: La Carta Magna de los Estados y todo lo que de ella
se desprende. Navegamos en el famoso Leviatán de Hobbes. En efecto,
nuestra escritura, reordenamiento ocial, prismática exploración de nuestras
vidas, de nuestra material de percepción, nos ha venido narrando, ociando
y enhebrando los elementos conexos e inconexos en/de las dimensiones o
conjugaciones de nuestro tiempo y espacio subjetivos e intersubjetivos.
Armar siempre es negar otra posibilidad. Armar es siempre reverenciar
una línea del pensamiento, una forma de entender el mundo con las premisas
molientes de una epistemología aupada por la modernidad. Siempre será,
desde su misma caverna, un rumiar, un intento por desenmascarar las
representaciones que a través de ella se han creado.
Toda creación es acompañada, muy propio de los sistemas, por un corifeo.
No es contradicción o paradoja, es una forma de escritura. Porque tal vez esto
sean solo eso: manoseo de unas cuantas palabras. Dicho en otras en términos,
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Miguel Ángel, VILORIA*
aquello que llamamos realidad es un constructo simbólico e histórico. Lo
que vemos, entendemos, experimentamos y captamos (signicación asentada
en la cultura y en la escolarización de los sentidos) de la realidad es su
manifestación deliberada, y no arbitraria. Es más: la realidad no essolo lo que
percibimos sino la manifestación de lo que, en síntesis, culturalmente nos
servimos, suerte de coherencia y paradoja colonial.
Una vez que caía tras los matapalos la oscuridad del cóncavo cielo, le
dije C. Ch. que «en esta plaza Bolívar, sumida en la oscuridad, me siento
como un fantasma habitado por los murmullos de estas calles, de estas
descontextualizas estatuas grecolatinas. C. Ch., alguien nos ha escrito.»
Se volvió a reír: «O más bien: alguien nos narra.» El signo, la escritura se
revisten de direcciones decisivas o tensiones dialécticas, marcadas por la
contigüidad misma de la materia y, valga, escriturada por una narrativa en el
tiempo y el espacio. Con lo que escribimos no es la suma de palabras sino una
intensa forma tempo espacial en un marco históricamente sobredeterminado,
que genera, comanda y reproduce, en parte, un sentido de mundo.
Referencias Bibliográcas
BAUTISTA, Juan (2015). ¿Qué signica pensar desde América Latina?
Caracas, Venezuela. Ministerio del Popular para la Cultura.
COLOMBRES, Adolfo (2014). Teoría transcultural de las artes visuales.
Cuba-Venezuela. Ediciones ICAIC –CNAC.
HUIZINGA, Johan (1960). Hombres e ideas. Buenos Aires. Compañía
General Fabril Editora
SAID, Edward (2006). Humanismo y crítica democrática. Caracas,
Venezuela. Random House Mondadori
SONTAG, Susan (2007). Cuestión de énfasis. Colombia. Alfaguara
LEVY, Bernard- Henry (2001). El siglo de Sartre. Barcelona. PURESA, S.A