Perspectivas. Revista de historia, geografía, arte y cultura de la UNERMB
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Escrituras: catálogo y colonia
que la comunicación no es todo en la escritura, lo es más, en el mejor de
los casos, por su capacidad de conceptualizar, de crear mundos cticios y
objetos o artefactos verbales. No hay convicciones ancladas, menos después
del acertado aforismo de Nietzsche: el enemigo de la verdad no es la mentira
sino la convicción. Por su parte, Sartre aseguraba que el otro gran enemigo
de la sacrosanta verdad es la «abyecta adherencia a sí mismo.» Miller, por su
parte, descubre en los primeros renglones de Trópico de Capricornio: «era el
peor enemigo de mí mismo.».
La naturaleza de la escritura pretende crear, o sumar, una realidad, pues el
ser humano tiene la necesidad de construirla. La escritura le place ese deseo.
Es decir, la simbolización. Más que en el mundo físico, el ser humano, nos
dice la antropología actual, vive imbuido en el espacio simbólico. La escritura
es una realidad gracias, además de otros factores exógenos, a una inteligencia
e imaginación simbólicas (Colombres : 2011, 25- 26). No solo escribimos a
alguien en particular, sino, sobre algo. No dominamos la escritura porque
sabemos los signicados de las convenciones pragmáticas y gramaticales,
culturales e históricas de la lengua: colocar y dominar los acentos, la sintaxis,
las semánticas de ciertas palabras, entre otras prescripciones. No se trata
meramente de dominar al dedillo el evangelio gramatical ni las técnicas
discursivas. No es tampoco un misterio: son lenguajes que, descubriéndola,
se conesan desde su centro. No hay misterio alguno, el fenómeno se expresa
en sus entresijos. Al traspasar Alicia el espejo, se da cuenta - o nos damos
cuenta- de que su actual realidad está dentro de otro lenguaje, otro juego, otra
contigüidad de la vida. Ha perdido la percepción fáctica que proporciona todo
lenguaje: el orden. La novela, Alicia a través del espejo, avanza y se reordena
en la tentativa de fundar, tal como la nostalgia de la novela, un imaginario. La
escritura es, en el proceso, interpretación que anhela en potencia interpretar.
La escritura, no obstante, pertenece a un pasado; el lector, a un presente.
Escritura y lectura, ambos ejercicios pendulares, van del pasado, sin obviar
el futuro, al presente y viceversa; se construyen, se vertebran. Los dos actos
son creativos y fértiles, no exenta de materiales ordenadores de presente. La
escritura habla, entiéndase: fabula. Se escribe como se ha venido leyendo;
se lee como se ha venido escribiendo. Ambas están circunscritas, visible o
no, por una teoría. En la escritura, en efecto, se asientan dinámicamente los
elementos subyacentes que constituye lo humano.
Escribir por tanto es un saber secular, un sabor; un hablar, un fabular. Leemos
y escribimos lo que generalmente tiene social e históricamente signicación.
Leer no es pensar, es saber leer. Escribir requiere de mil y un borradores,
porque ella al principio no es pensar, es también un saber heredado. «Sartre,